La oscuridad

El siguiente es un relato corto creado por mí, Eduardo Cortés. Espero que les guste y no olviden dejar sus comentarios.


Voy solo, recorriendo esta larga calle. Casi me parece interminable. Nunca he sido temeroso de la oscuridad, pero por alguna razón, tener que recorrer esta inmensa acera me produce escalofríos. Son casi las once de la noche; de una noche fría y extraña. La penumbra se ha vuelto densa y los débiles rayos de luz, provenientes de sosas bombillas, no logran penetrarla. De hecho, siento como si para seguir adelante y dar un paso más, tuviera que luchar contra una barrera invisible que intenta detenerme… pero no puedo permitirlo. Debo seguir; así que levanto el cuello de mi chaqueta tratando de protegerme del frío y, aunque me de vergüenza admitirlo, buscando un poco de seguridad irreal al esconder parte de mi rostro en él. No importa, pase lo que pase debo seguir.

Con mis manos dentro de los bolsillos, y los hombros encogidos, sigo caminando. El resplandor blanquecino de los focos dispuestos a intervalos irregulares sobre la acera, le dan un aspecto fantasmal y lúgubre a la calle. Me mantengo lo mas cerca que puedo de la interminable pared que recorre el camino, junto a mí, protegiendo mi lado izquierdo. Sus ladrillos —que debiesen ser rojizos— carecen de color definido, vueltos a colorear por la penumbra pastosa que todo lo cubre.

¡Escucho un par de pasos a mi espalda! Mi corazón da un brinco, intentando escapar de mi pecho y abandonarme en aquel lugar. Mis pulmones se han paralizado y se aferran a su precioso aire, como si mantenerlo fuese más seguro. Rápidamente volteo. Desde que escuché el golpeteo de aquellos tacones detrás de mi, no ha pasado mas de una fracción de segundo, pero ¡no puedo ver nada! No hay nada, ni nadie, que haya podido generar aquel ruido, aquellos pasos. Ni siquiera un rincón dónde ocultarse, porque la misma barda que me sirve de compañera inerte impide cualquier intento de escape, y no ofrece escondite posible.

Me quedo observando, de izquierda a derecha, de arriba a abajo… ¡nada! Lentamente dejo escapar el aire contenido por algunos segundos y tomo una nueva bocanada intentando ganar valor para el siguiente paso. Me siento nadar en un líquido espeso, espeso y oscuro: la penumbra se ha vuelto aterradora. Veo el camino por delante y me parece insalvable. Mi mente, jugándome una mala pasada, me dibuja aquella acera tan larga y eterna que casi puedo verla curvándose en el horizonte, aunque sea imposible verla en realidad en aquella noche cerrada.

No importa, debo seguir. Es necesario llegar a mi destino, aunque el destino que me espere sea algo que no quiero. Ella me espera y no puedo fallar; hoy no. Doy un nuevo paso y siento como si una maquinaria oxidada se pusiera en funcionamiento dentro de mi. Me resulta casi doloroso, he tenido que sobreponerme al miedo del instante anterior. No es mi fuerza de voluntad lo que me ha empujado a seguir adelante —nunca he tenido mucha—, es el instinto de supervivencia el que me lleva a rastras.

Vuelvo a levantar el cuello de mi chaqueta; es como si tratara de cubrir toda mi cabeza con él, pero solo llega hasta el inicio de mis orejas. Al menos me produce un poco de falsa seguridad. ¿De qué podrían protegerme un par de trozos de cuero? Otra vez meto mis manos en los bolsillos y, tratando de distraerme, intento recordar el día en que me la obsequió mi mujer, hace ya diez años. Es inevitable. Su recuerdo sigue vivo como una brasa, calcinándome por dentro. Hace diez años que no la he vuelto a ver y aún sigo extrañándola igual. Hace diez años y nunca nadie ha creído mi historia: simplemente desapareció. Por eso hoy debo llegar. Por que por fin me acercaré un poco más a la verdad; presiento que es importante. Esa es la única razón que me ha impulsado a venir a este lugar perdido, a esta hora y en este día. Hoy se cumplen exactamente diez años y presiento que por fin sabré la verdad… si acaso logro llegar.

¡Nuevamente los pasos a mi espalda! Pero esta vez he sentido la tibieza de un aliento ¡soplando en mi nuca! Toda mi piel se ha erizado y ha tomado la textura del cuero curtido. Siento cada pequeño vello de mis brazos y cuello completamente erizado. Mi corazón da un vuelco y me lastima el pecho. Doy un salto hacia adelante mientras, al mismo tiempo, giro mi cuerpo para ver a quien me acecha. ¡Nada! ¡Nada! ¡No es posible! No hay nadie detrás de mí. Ni siquiera es posible distinguir algún insecto y eso me da la primera pista de lo extraño de la situación.

Resulta muy desconcertante no ver insecto alguno revoloteando al rededor de las pequeñas luces, suspendidas de postes a lo largo del camino. Ni un solo insecto con su batir de alas tratando de fundirse en el resplandor de las débiles fuentes de luz. Un ligero vaho de vapor se hace visible al salir por mi nariz. Siento que en vez de respirarlo, estoy tragando el aire: tan denso y pastoso que casi podría ahogarme con él. No lo pienso más y sigo caminando.

Esta vez acelero el paso, tan rápido que casi voy corriendo. No importa. Si lo pienso un poco más podría perder el valor y todo por lo que he pasado la última década perdería sentido. Tal vez esté alucinando… o tal vez no. No importa, lo único que importa es llegar. Sé que algo me sigue, aunque no logre verlo… pero primero tendrá que alcanzarme. Esta vez me olvido del cuello de la chaqueta. Llevo las manos fuera, tensas y listas para defenderme si es necesario. Tengo miedo, pero su recuerdo, y el pensamiento fijo de saber de ella, me da el valor que necesito.

Mientras avanzo, lo más rápido que puedo, volteo de vez en vez vigilando mi espalda. ¡Lo que sea que esté detrás mío no me tomará por sorpresa! Al voltear me doy cuenta que las luces que dejo atrás titilan erráticamente y se apagan. Todo el camino que he recorrido ahora se encuentra sumido en una oscuridad impenetrable. Entiendo el mensaje: no hay vuelta atrás. No hace falta ¡no pienso regresar!

Sigo caminando, casi corriendo, solo puedo aferrarme a mis pasos; es lo único que tengo. Ahora no solo escucho pasos a mis espaldas, también puedo escuchar ruidos en la pared que me flanquea mi lado izquierdo. También los escucho del otro lado de la calle, dónde no soy capaz de distinguir nada. Todo tipo de sonidos, débiles pero escalofriantes, me acompañan. Estoy seguro que son reales, aunque también sé que mi mente crea algunos otros. En otro día, en otro lugar y bajo otras circunstancias, cualquiera de aquellos ruidos hubiera bastado para detenerme, pero hoy no. Hoy debo llegar a mi destino; solo me queda ver hacia el frente. La más completa oscuridad se arrastra tras de mi, o tal vez sea yo el que la arrastra conmigo. Ya no importa, no pienso volver sobre mis pasos… pase lo que pase.

De repente en aquella cacofonía alucinante, puedo distinguir algo nuevo. Involuntariamente mis pies se congelan: no responden. Mi mente se ha desconectado de mi cuerpo. ¡Era su voz! ¡Estoy seguro que era su voz llamándome! No puede ser, creo que mi cabeza empieza a alucinar. Siento deseos de llorar pero no es el momento, así que haciendo uso de toda mi fuerza vuelvo a ponerme en marcha, esta vez un poco más de prisa.

A unos metros, frente a mi, puedo ver un cambio en el camino. Por extraño que resulte he sido conducido a un parque, donde se interna la senda que he seguido hasta ahora. Me detengo justo al borde, donde desaparece la acera y la barda que me acompañaron hasta este lugar. De ahora en adelante tendré que caminar bajo árboles limitan un sendero sinuoso que, sin duda, lleva hasta el corazón de aquel lóbrego parque. Vuelvo a llenar mis pulmones de aire y una mezcla de pino y hierba se diluye dentro de mi. No resulta reconfortante, al contrario, es cómo si un mal augurio estuviese oculto en aquel aroma. Sea lo que sea no importa, no hay a donde ir. Doy el primer paso para internarme en mi nuevo camino y es como si traspasase hacia una nueva realidad, aunque no hay esperanza de que sea mejor que antes.

Mis ojos no pueden ver ninguna luz artificial; ni siquiera hay luna en el cielo, pero por alguna razón, un extraño fulgor blanquecino, alumbra débilmente mi sendero. Sin quererlo sonrío ligeramente. Me veo a mi mismo en una mala película de terror; en una de esas donde los caminos estás sumergidos en espesa niebla blanca que crea una atmósfera fantasmagórica. De verdad me gustaría que fuera solamente una película. Aquí no hay niebla, ni luces, ni nada mas que solo oscuridad. Una viscosa oscuridad a ambos lados del camino. Es casi como si alguien hubiese dibujado a mano la zona que el fulgor ilumina cuando avanzo. A los lados, de vez en cuando, puedo adivinar la silueta de algún árbol con sus ramas y hojas. He dejado de sentir escalofríos, pero el terror ha seguido creciendo en mi interior.

Lo único que agradezco es que el sonido de los pasos, y cualquier otro ruido han desaparecido. ¡Han desaparecido! Estoy caminando en completo silencio. No se oye un solo ruido además del de mis pasos. Sin dejar de caminar volteó hacia atrás, tanto como me es posible. Todo esta totalmente oscuro. Ni siquiera puedo ver el camino recorrido, pero siento que me observan. Sigo caminando haciendo uso del poco valor que me queda.

De pronto, al lado derecho del sendero, escucho movimiento. Instintivamente volteo para ver de que se trata. La oscuridad casi no me permite distinguir nada, pero me parece ver dibujada una silueta humana. Una silueta igual de negra que la oscuridad. Esta vez el miedo, que parece tomarme por lo pies y subir hasta la punta de mi cabello, se apodera de mi. ¡Echo a correr! Sin pensarlo mi cuerpo ha decidido escapar y yo he decidido hacerlo hacia adelante. Mi cuerpo y mi mente tienen un claro objetivo: avanzar lo más rápido posible.

Todos los sonidos de antes han vuelto, pero esta vez con más fuerza. Escucho pasos y murmullos por todos lados. ¿Me siguen o me acompañan? No lo sé y no quiero averiguarlo.

Casi sin darme cuenta llego a lo que, supongo, es el centro de aquel lugar. Un pequeño claro en forma circular en medio de frondosos árboles negros. En el centro del círculo se encuentra una fuente, también circular. La misma luz, de origen desconocido, la baña desde arriba; siempre blanca; débil pero nítida. Supongo que debo acercarme, que otra razón habría para mostrarme tan claramente la fuente.

Lo hago cuidadosamente. Parece que ha estado abandonada durante años, pero el agua fluye con timidez desde su centro. El silencio, casi sin darme cuenta, se ha vuelto intenso; tanto que, de no ser por el agua corriendo, me lastimaría. ¿Que hago aquí? Sigue el camino me dijo. Pero no se que hago aquí. Todo mi cuerpo está tenso. Mi corazón late casi imperceptiblemente tratando de no hacer ruido; mi respiración es tan ligera que el vapor blanco ha dejado de salir por mi nariz y boca. Volteo en todas direcciones tratando de descubrir que es lo que pasa: ella, la mujer que me cito aquí, no aparece, no está por ningún lado.

Puedo decirte que sucedió con tu esposa —fueron las palabras con las que me convenció de venir hasta este lugar, pero todo ha sido un engaño. ¿Por qué? ¿Qué sucede?

El frío se hace cada vez mas difícil de soportar; nuevamente subo el cuello de mi chaqueta cubriendo lo que alcance de las orejas. Resguardo mis manos dentro de sus bolsillos. ¡Que más da! Estoy a merced de lo que suceda. ¡Escucho mi nombre nuevamente a mis espaldas! Volteó inmediatamente solo para encontrarme con sombras saliendo por el mismo camino por el que llegué; son solo sombras, sin definición, iguales a la que pude ver momentos antes en el sendero. Ahora las veo salir por todos lados y permanecer al borde de aquel claro, formando un círculo al rededor de mi. No hacen ruido, no hablan, ya no se mueven. Solo me observan, con unos ojos que no alcanzo a distinguir. ¡Estoy atrapado! He caído en la trampa. Tengo ganas de llorar; no por por mi: por ella; por no haber sido capaz de encontrarla o descubrir la verdad.

¡Otra vez mi nombre! Lo he vuelto a escuchar, y era su voz, la voz de mi mujer. Giro en todas direcciones tratando de averiguar de dónde viene ese sonido. Entre todas las sombras un pequeño fulgor blanco empieza a hacerse visible. ¡Mis ojos intentan saltar de sus órbitas! ¡No puede ser! Mi esposa, parada frente a mi y rodeada por aquel fulgor blanco, me extiende los brazos, me llama. Mi cuerpo tiembla frenéticamente mientras avanzo hacia ella. Necesito responder a su llamado, tomar sus manos. El tiempo ya no existe. En unos cuantos pasos recorro el infinito para llegar hasta sus brazos… ¡lo he logrado! ¡la encontré! Al fin puedo tocar sus manos… y al hacerlo me disuelvo en la noche.

Ahora soy parte de la oscuridad… pero estoy con ella, y en realidad solo eso importa.

FIN.


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