Cien años de soledad: cien años de emociones

Dicen por ahí que la tercera es la vencida; que a la tercera los buenos y malos presagios se realizan. Pero eso no aplica para el libro del que hoy escribo: cien años de soledad, obra maestra del premio nobel de literatura Gabriel García Márquez.  Por que para mí aún queda una cuarta, o una quinta, o las lecturas que hagan falta para seguirse nutriendo de la rica prosa y el realismo mágico de esta obra.

Hace más de 25 años que leí esta novela por vez primera. En aquellos mis años púberes, su lectura marcó profundamente mis pensamientos y sentimientos. La reclusión del coronel Aureliano Buendía, su incapacidad para querer, y la soledad a la que están condenados los integrantes de la familia Buendía, producen una maraña de sentimientos agridulces que alcanzan su cúspide en las últimas páginas de la novela. Y es precisamente esto lo que más me ha gustado de cien años de soledad: la disfrutas y la sufres desde la primera hasta la última página.

Con su ya mítica frase inicial: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, García Márquez, de forma magistral, nos introduce con una sola línea a una trama rica en personajes y acontecimientos; nos inyecta sutilmente la fórmula única de la curiosidad y el interés. Nos adelanta, con toda intención, lo que nos espera al sumergirnos lentamente en el mundo de Macondo y los Buendía.

Después de haber leído cien años de soledad por tercera vez, he experimentado las mismas emociones que experimenté la primera vez, al ser testigo del alba y el ocaso de la estirpe de los Buendía. En el contexto de una edad madura, he disfrutado aún más del dibujo que hace con las palabras su autor, porque si bien hace 25 años, cuando leí por vez primera el libro, me resultó agradable y profundamente inquietante, reconozco que aún me faltaba la capacidad para saborear la profundidad y el sentido de muchas de sus frases.

Macondo y su magia; los muertos vivos; la epidemia de insomnio; los cuatro años de lluvia; y todo aquél fantástico mundo que García Márquez nos pinta con su pluma y con la facilidad de su palabra, pareciera emerger desde nuestro interior para llenar la imaginación con el mismo polvo que Úrsula limpiara, con los árabes cambiando guacamayas por baratijas, el gitano Melquíades, los conservadores y liberales, los pescaditos de oro y toda la magia de aquel lugar perdido y olvidado que, sin embargo, se reservan el derecho de vivir por siempre en nuestra mente.


Una obra que ocupa un lugar muy merecido entre los 100 mejores libros de todos los tiempos, y que no debe faltar en nuestra lectura.

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